viernes, junio 23, 2006

 

Cronica de una entrega de premio (primera parte)

(Publicado anteriormente en El sabor del cerdo agridulce)

Justo antes de irme a Valencia a tomar chintos con mis amigotes los creativos de la calle de al lado, tuve que asistir a una entrega de premios organizada por la Fundación Complutense. Las entregas de premios siempre me han parecido un coñazo a menos que seas uno de los premiados; lo que pasa es que yo era uno de los premiados. Porque, sí, amigos, créanselo, iba a recibir el Premio de Narrativa Joven 2005 por mi [estupenda] novela Me llaman Fuco Lois (¡ya en su librería favorita!).

Este año el acto se celebraba en el Museo de América, que desde fuera parece talmente una iglesia. Por dentro no, claro, está mejor iluminado. A mediodía hicimos un ensayo de la entrega de premios porque el acto está bastante institucionalizado, se televisa y además es tirando a largo, así que interesa que sea bastante fluido. Al ensayo llegué cuarenta minutos tarde –gracias, señor alcalde-, pero todavía no habían empezado porque la organización estaba discutiendo aún los últimos detalles. Así que allí estamos los premiados (que éramos muchos porque hay muchas categorías), haciendo tiempo. Los artistas plásticos por un lado, hablando de sus becas y sus proyectos artísticos (todos ellos así como medio bohemios, igual que te imaginas a los artistas), el resto en otro grupito que comentaba de dónde era cada uno y el premiado en Comunicación, solo, seis filas más atrás, leyendo un libro y sin relacionarse con nadie (así son las paradojas que construye la realidad).

Al rato comenzamos el ensayo, nos dicen dónde tenemos que sentarnos y cómo va a desarrollarse la ceremonia; sale el presidente de cada jurado, dice unas palabras y luego pide al premiado que salga; entonces el premiado sale, saluda a la mesa presidencial, saluda al presidente del jurado y dice unas palabras de agradecimiento; luego vuelve a su sitio. Como hay siete premios, repetimos las instrucciones siete veces.

Acabado el ensayo, nos vamos cada uno por nuestro lado. Me compro un bocata de jamón y un donut de chocolate para calmar la ansiedad, me digo. Aunque no tengo ansiedad, pero podría tenerla. Vamos, que no estoy nervioso, pero por qué arriesgarse.

Paso el resto de la tarde pensando un discurso de medio minuto para agradecer el premio. Flirteo con la idea de hacer como Fernando Trueba (“I don’t believe in God, but I believe in Billy Wilder”) o como Adrien Brody cuando le dio el beso de tornillo a Halle Berry, pero el presidente de mi jurado es Andrés Sorel, así que descarto la última idea. Aún no estoy nervioso. Se conoce que voy ganando en aplomo con los años.

Salgo para el Museo América de nuevo. Nos han dicho que estemos allí a las seis y media para hacernos fotos y que no haya problemas de última hora; yo llego a las seis y me encuentro en la puerta a mi madre y a mi hermana; mi padre está aparcando. El acto empieza a las siete y media, pero están allí desde las cinco.

-Por si había atasco o algo, hijo.

¿De dónde habré heredado yo mi ansiedad por llegar pronto a los sitios?

-¿Estás nervioso?

-¿Yo? Qué va.

Acude a mi encuentro la amabilísima Irune Arriaga, de la Fundación Complutense, que está en todo excepto porque me llama una y otra vez Juan Carlos.

-Oye, vamos arriba, que los de Localia quieren haceros una entrevista a los premiados y sólo faltas tú.

Subimos a encontrarnos con el Cuarto Poder.

(continúa aquí)

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